La historia de Wilson, de Irene, de la media hermana de ésta, Audrey, de su encuentro amoroso. Él no es únicamente la historia de un triángulo amoroso, sino también la historia de dos mujeres y un hombre que acceden a un nuevo mundo de sensualidad.Tal podemos decir, la presentación norteamericana del libro. Sim embargo, las personas que hayan leido el libro o piensan hacerlo, se tiene por fuerza que preguntar por qué Anónimo, su autor, escritor de tan consumado, tan expresivo y elocuente en la narración, acude de nuevo a un tema tan humano que por lo general muy poco tratado en virtud de los habituales convencionalismos tradicionales.
Hay que llegar al final de la lectura, para, probablemente, comprender qué pretende Anónimo. Tal vez el autor se haya propuesto llegar al clímax, al más allá, de lo que se hace, sino de lo que corrientemente se dice o describe, para situar al lector en disposición de captar el mensaje profundamente humano que la obra lleva en sí, situado en el polo diametralmente opuesto de lo que pretenden defender los “vanguardistas” de las relaciones sexuales humanas. Pues no deja de estremecer algunas “teorías” que aparentado amparar una sedicente “libertad individual y colectiva en el trato sexual”, olvidan que el hombre y la mujer son efectivamente animales vivos, pero alejados hasta el infinito, por la razón y el sentimiento, de la especie puramente animal.
También podemos plantearnos unas que otras cosas, entonces lean – ¿Cuando una mujer toma a un hombre en sus brazos, ¿creen que a su cuerpo le importa a si trata de este hombre aquél? No le importa. Todo lo que conoce la carne es ese bello sentimiento de estar juntos, de “coger” como lo han hecho todos los hombres y mujeres del mundo y como lo seguirán haciendo; y cuando tú -querido lector-. Si no lo sabes, no puedo decírtelo. Es imposible explicar los colores a un ciego de nacimiento. No se le hace el amor a un hombre, sino a la idea de un hombre. No tiene nada que ver el individuo. -Poké, quizá Manny: por una vez en su vida piénsenlo un minuto y después admitanlo, cuando meten la pene donde corresponde, no importa quién sea la mujer. ¿Recuerdan el dicho? ‘Un pene duro no tiene conciencia’-
No olvidemos que no somos solamente carne, también somos mente y alma. En el acto sexual debe existir algo que satisfaga al espíritu tanto como a la carne. Allí es donde creo que reside la equivocación.
Este libro es, sin duda alguna, un canto a la maternidad humana, un rechazo del instinto puramente animal; sitúa a la razón y al sentimiento en el lugar que les corresponde en la escala de los valores humanos, sin los cuales, sin tenerlos en cuenta desde el punto de vista social, la especie humana no hubiera podido cortar el cordón umbilical que la unía a sus remotos antepasados puramente animales.
Todo lo demás de este libro es pura anécdota. Aquello que pudiera asombrar, incluso indignar a los falsos moralistas, no significa sino una demostración elocuente de que a pesar de tantos obstáculos y luchas, la palabra escrita se abre camino, dolorosamente, es cierto, hacia una meta de completa libertad del escritor, donde éste pueda realizarse plena y artísticamente, sin cortapisa alguna, en el tema de su elección.
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